El problema empezó cuando aparecieron las fotos.
No una foto.
Muchas.
Todas del mismo día que no recuerdo haber vivido.
Las encontré dentro de una carpeta gris sin nombre, escondida entre manuales viejos de programas que ya no existen y tutoriales que jamás terminé.
En las imágenes estoy yo.
O alguien usando mi cara con bastante dedicación.
Al principio pensé que eran fotos normales:
una reunión,
una mesa,
vasos,
personas hablando.
Pero después empecé a mirar mejor.
La mujer de las fotos —supuestamente yo— ocupaba el espacio con una naturalidad sospechosa.
Se reía sin pedir disculpas.
Se inclinaba hacia adelante cuando hablaba.
Apoyaba una mano sobre el hombro de la gente como si el cuerpo fuera un lugar habitable y no una mochila biológica llena de dudas.
Había algo profundamente ofensivo en su comodidad.
En una imagen estaba bailando.
Bailando.
Yo.
Ni siquiera un balanceo discreto.
No.
Movimiento completo.
Participación corporal activa.
Cerré la carpeta.
La abrí otra vez a los diez minutos porque la obsesión siempre gana.
Atrás de cada foto había anotaciones escritas con distintas letras.
“Acá todavía confiaba en el futuro.”
“Minutos antes del incidente del ascensor.”
“No sabía que después iba a desaparecer tan bien.”
Hermoso.
Inquietante.
Demasiado organizado para ser casualidad.
Entonces encontré la grabación.
Un archivo de audio llamado:
“registro_inestable_FINAL2_ahorasi.mp3”
Duraba ocho minutos.
Escuché voces,
cubiertos,
una música lejana.
Y después mi voz.
No exactamente mi voz.
Más liviana.
Como si alguien hubiera logrado editarme la tristeza de fondo.
La escuché decir:
—Esperá… creo que ya viene.
Silencio.
Después alguien preguntó:
—¿Quién?
Y mi voz respondió algo que todavía me cuesta escribir:
—La que se quedó mirando desde lejos.
Sentí frío inmediato.
Porque en ese momento entendí algo horrible:
la mujer de las fotos sabía de mí.
Sabía que yo existía en otra parte.
Como una versión residual.
Una copia tardía.
Un borrador con problemas técnicos.
Seguí escuchando.
En un momento alguien sacó una foto y todos protestaron.
Menos yo.
Mi otra yo.
Ella dijo:
“No importa. Después nadie va a saber desde dónde mirar esto.”
Exactamente así.
Después se escucha el ruido del obturador.
Y por un segundo,
muy breve,
aparece un silencio extraño.
Un silencio atento.
Como si todos en la escena hubieran escuchado algo fuera de cuadro.
Entonces la grabación termina.
Sin despedidas.
Sin cierre.
Sin explicación.
Esa noche soñé con un edificio lleno de habitaciones idénticas.
En cada una había una versión mía viviendo apenas corrida de eje:
una sabía bailar,
otra contestaba mensajes,
otra terminaba proyectos,
otra dejaba de pensar a tiempo.
Todas parecían cansadas.
Pero funcionales.
Yo caminaba entre las puertas tratando de descubrir cuál era la verdadera.
Ninguna me reconocía.
Al despertar encontré una última foto debajo de la cama.
No sé cómo llegó ahí.
Estoy sentada sola mirando hacia un costado,
como escuchando algo que viene desde muy lejos.
Atrás alguien escribió:
“Esta fue la única que sospechó el intercambio.”
Desde entonces guardo todas las pruebas dentro de una caja que dice:
ARCHIVO DE COSAS QUE CASI ME PASARON.
A veces la abro solamente para confirmar que sigo sin saber dónde estaba mientras ocurría mi propia vida.
Y sin embargo,
hay días en que extraño muchísimo a esa mujer que no logro identificar,
aunque tenga exactamente mi cara.






