La carta apareció entre la publicidad y una factura vencida de internet.
Nada raro.
Sobre blanco.
Mi nombre escrito con mi letra.
Mi dirección exacta.
Hasta el mismo modo torcido de hacer la “A”, esa inclinación cansada que tengo desde los quince años.
Pensé:
“Qué raro. ¿Cuándo mandé esto?”
Después recordé un detalle importante:
yo jamás me escribiría una carta.
Me conozco demasiado para confiar en el correo.
La abrí igual.
Adentro había una sola hoja doblada en tres partes y una flor diminuta prensada que se desarmó apenas la toqué, como si hubiera esperado demasiados años.
La carta decía:
“Perdón por haberte recordado mejor de lo que pudiste ser.”
Y abajo:
“Ese día estabas hermosa mirando la lluvia.”
Me quedé quieta.
Porque yo jamás miro la lluvia de manera hermosa.
La miro como quien sospecha humedad en las paredes.
Seguí leyendo.
La carta describía una escena completa:
yo sentada en un café,
riendo despacio,
dejando enfriar el té mientras alguien me hablaba de un viaje.
Había detalles mínimos.
El movimiento de mi mano acomodando una servilleta.
La forma en que levanté una ceja antes de contestar.
Incluso una frase que supuestamente dije:
“A veces el alma se queda viviendo cinco minutos más en los lugares.”
Nunca dije eso.
O peor:
tal vez sí,
pero únicamente en una vida donde yo sabía expresarme sin destruir el momento.
Sentí una incomodidad rarísima.
Como si alguien hubiera construido un recuerdo mío usando materiales parecidos pero no idénticos.
Entonces busqué la fecha.
No había fecha.
Solo una posdata:
“Si encontrás esta carta, significa que la versión tuya que vivió todo esto finalmente aprendió a perderte.”
Hermoso.
Innecesario.
Profundamente irritante.
Pasé toda la tarde tratando de descubrir si la había escrito dormida, triste o poseída por una poeta jubilada del año 2047.
Nada.
La tinta era vieja.
El papel también.
Hasta olía a cajón cerrado.
A la noche me obsesioné un poco y revisé cajas antiguas, cuadernos, carpetas, sobres.
En una agenda encontré algo peor:
una foto.
Yo aparecía sentada en un café que no reconozco.
Sonriendo.
No a cámara.
A alguien.
Atrás, escrito con birome azul:
“Acá todavía no sabías irte.”
Dormí mal.
Soñé que caminaba por una estación de tren vacía donde todas las pantallas anunciaban demoras para destinos inexistentes.
En un banco estaba sentada una mujer idéntica a mí,
solo un poco más cansada.
Tenía mi carta en la mano.
Cuando me acerqué me dijo:
—Tranquila. Yo tampoco viví eso.
Y después agregó algo todavía peor:
—Pero lo extrañamos igual.
Me desperté con la sensación absurda de haber perdido una versión mía que jamás existió.
Desde entonces guardo la carta dentro de un libro enorme que nunca terminé de leer.
A veces la saco solamente para comprobar que sigo sin recordarlo todo.
Y sin embargo,
cada vez que la vuelvo a doblar,
me invade la certeza incómoda de que alguien,
en alguna parte,
todavía me recuerda mal.






