“depósito de versiones alternativas.”


Cosas que no pasaron.
Pero podrían haber pasado dentro de una cabeza cansada a las tres de la mañana.

Acá descansan conversaciones inexistentes, nostalgias inventadas, futuros abandonados, personajes mínimos y pensamientos que no alcanzaron categoría de realidad.

Aunque a veces sospecho que todo ocurrió un poco.




La primera vez que vi a la otra yo fue un martes completamente innecesario.

No pasó nada extraordinario antes de eso.
Compré mandarinas.
Perdí un papel importante.
Le dije “gracias igualmente” a una persona que claramente me había insultado.

Todo normal.

La vi doblar la esquina justo cuando el semáforo cambió.
Llevaba mi abrigo gris. El que nunca usé porque siempre me pareció demasiado serio para mi clase de desastre.

No me asusté.

Lo raro fue otra cosa:
sentí la tranquilidad exacta de quien llega tarde a una cita que nunca quiso tener.

La seguí una cuadra y media.

Ella caminaba con una decisión sospechosa, como si supiera perfectamente adónde no ir.

A veces desaceleraba apenas,
como esperando escuchar mis pasos.

Pero yo dejaba distancia.

Porque hay momentos donde una entiende que acercarse demasiado puede arruinar una escena que viene funcionando bien desde hace años.

La otra yo entró a una librería diminuta que ya no existe o nunca existió del todo.

Tardé unos segundos antes de entrar.

Adentro había estanterías vacías.

Ni un solo libro.

Solo pequeños papelitos doblados con frases escritas a mano.

“Volviste tarde.”

“No era por acá.”

“La versión tuya que sabía explicarlo renunció.”

“Por favor no alimenten los recuerdos.”

Una señora detrás del mostrador tomaba té en una taza sin fondo.

Literalmente sin fondo.

El té caía en cámara lenta hacia ninguna parte.

Le pregunté si había visto entrar a alguien con mi abrigo.

La mujer levantó la vista y me dijo:

—Sí, pero no quiso esperarte esta vez.

Después me entregó un ticket viejo de colectivo donde alguien había escrito:
“Hay personas que pasan toda la vida persiguiéndose con mucha educación.”

Quise preguntar algo más,
pero la señora ya estaba acomodando el aire con las manos,
como hacen algunas personas antes de despedirse de un lugar que todavía no abandonaron.

Cuando salí,
la calle era otra.

O quizás era la misma,
pero corregida.

Desde entonces,
cada vez que doblo esa esquina,
camino un poco más despacio.

No para encontrarme.

Solo para no interrumpirme.







La carta apareció entre la publicidad y una factura vencida de internet.

Nada raro.

Sobre blanco.
Mi nombre escrito con mi letra.
Mi dirección exacta.
Hasta el mismo modo torcido de hacer la “A”, esa inclinación cansada que tengo desde los quince años.

Pensé:
“Qué raro. ¿Cuándo mandé esto?”

Después recordé un detalle importante:
yo jamás me escribiría una carta.

Me conozco demasiado para confiar en el correo.

La abrí igual.

Adentro había una sola hoja doblada en tres partes y una flor diminuta prensada que se desarmó apenas la toqué, como si hubiera esperado demasiados años.

La carta decía:

“Perdón por haberte recordado mejor de lo que pudiste ser.”

Y abajo:

“Ese día estabas hermosa mirando la lluvia.”

Me quedé quieta.

Porque yo jamás miro la lluvia de manera hermosa.

La miro como quien sospecha humedad en las paredes.

Seguí leyendo.

La carta describía una escena completa:
yo sentada en un café,
riendo despacio,
dejando enfriar el té mientras alguien me hablaba de un viaje.

Había detalles mínimos.

El movimiento de mi mano acomodando una servilleta.

La forma en que levanté una ceja antes de contestar.

Incluso una frase que supuestamente dije:
“A veces el alma se queda viviendo cinco minutos más en los lugares.”

Nunca dije eso.

O peor:
tal vez sí,
pero únicamente en una vida donde yo sabía expresarme sin destruir el momento.

Sentí una incomodidad rarísima.

Como si alguien hubiera construido un recuerdo mío usando materiales parecidos pero no idénticos.

Entonces busqué la fecha.

No había fecha.

Solo una posdata:

“Si encontrás esta carta, significa que la versión tuya que vivió todo esto finalmente aprendió a perderte.”

Hermoso.
Innecesario.
Profundamente irritante.

Pasé toda la tarde tratando de descubrir si la había escrito dormida, triste o poseída por una poeta jubilada del año 2047.

Nada.

La tinta era vieja.
El papel también.

Hasta olía a cajón cerrado.

A la noche me obsesioné un poco y revisé cajas antiguas, cuadernos, carpetas, sobres.

En una agenda encontré algo peor:
una foto.

Yo aparecía sentada en un café que no reconozco.

Sonriendo.

No a cámara.

A alguien.

Atrás, escrito con birome azul:

“Acá todavía no sabías irte.”

Dormí mal.

Soñé que caminaba por una estación de tren vacía donde todas las pantallas anunciaban demoras para destinos inexistentes.

En un banco estaba sentada una mujer idéntica a mí,
solo un poco más cansada.

Tenía mi carta en la mano.

Cuando me acerqué me dijo:

—Tranquila. Yo tampoco viví eso.

Y después agregó algo todavía peor:

—Pero lo extrañamos igual.

Me desperté con la sensación absurda de haber perdido una versión mía que jamás existió.

Desde entonces guardo la carta dentro de un libro enorme que nunca terminé de leer.

A veces la saco solamente para comprobar que sigo sin recordarlo todo.

Y sin embargo,
cada vez que la vuelvo a doblar,
me invade la certeza incómoda de que alguien,
en alguna parte,
todavía me recuerda mal.






El problema empezó cuando aparecieron las fotos.

No una foto.
Muchas.

Todas del mismo día que no recuerdo haber vivido.

Las encontré dentro de una carpeta gris sin nombre, escondida entre manuales viejos de programas que ya no existen y tutoriales que jamás terminé.

En las imágenes estoy yo.

O alguien usando mi cara con bastante dedicación.

Al principio pensé que eran fotos normales:
una reunión,
una mesa,
vasos,
personas hablando.

Pero después empecé a mirar mejor.

La mujer de las fotos —supuestamente yo— ocupaba el espacio con una naturalidad sospechosa.

Se reía sin pedir disculpas.

Se inclinaba hacia adelante cuando hablaba.

Apoyaba una mano sobre el hombro de la gente como si el cuerpo fuera un lugar habitable y no una mochila biológica llena de dudas.

Había algo profundamente ofensivo en su comodidad.

En una imagen estaba bailando.

Bailando.

Yo.

Ni siquiera un balanceo discreto.
No.
Movimiento completo.
Participación corporal activa.

Cerré la carpeta.

La abrí otra vez a los diez minutos porque la obsesión siempre gana.

Atrás de cada foto había anotaciones escritas con distintas letras.

“Acá todavía confiaba en el futuro.”

“Minutos antes del incidente del ascensor.”

“No sabía que después iba a desaparecer tan bien.”

Hermoso.
Inquietante.
Demasiado organizado para ser casualidad.

Entonces encontré la grabación.

Un archivo de audio llamado:
“registro_inestable_FINAL2_ahorasi.mp3”

Duraba ocho minutos.

Escuché voces,
cubiertos,
una música lejana.

Y después mi voz.

No exactamente mi voz.

Más liviana.

Como si alguien hubiera logrado editarme la tristeza de fondo.

La escuché decir:

—Esperá… creo que ya viene.

Silencio.

Después alguien preguntó:

—¿Quién?

Y mi voz respondió algo que todavía me cuesta escribir:

—La que se quedó mirando desde lejos.

Sentí frío inmediato.

Porque en ese momento entendí algo horrible:
la mujer de las fotos sabía de mí.

Sabía que yo existía en otra parte.

Como una versión residual.
Una copia tardía.
Un borrador con problemas técnicos.

Seguí escuchando.

En un momento alguien sacó una foto y todos protestaron.

Menos yo.

Mi otra yo.

Ella dijo:
“No importa. Después nadie va a saber desde dónde mirar esto.”

Exactamente así.

Después se escucha el ruido del obturador.

Y por un segundo,
muy breve,
aparece un silencio extraño.

Un silencio atento.

Como si todos en la escena hubieran escuchado algo fuera de cuadro.

Entonces la grabación termina.

Sin despedidas.
Sin cierre.
Sin explicación.

Esa noche soñé con un edificio lleno de habitaciones idénticas.

En cada una había una versión mía viviendo apenas corrida de eje:
una sabía bailar,
otra contestaba mensajes,
otra terminaba proyectos,
otra dejaba de pensar a tiempo.

Todas parecían cansadas.

Pero funcionales.

Yo caminaba entre las puertas tratando de descubrir cuál era la verdadera.

Ninguna me reconocía.

Al despertar encontré una última foto debajo de la cama.

No sé cómo llegó ahí.

Estoy sentada sola mirando hacia un costado,
como escuchando algo que viene desde muy lejos.

Atrás alguien escribió:

“Esta fue la única que sospechó el intercambio.”

Desde entonces guardo todas las pruebas dentro de una caja que dice:
ARCHIVO DE COSAS QUE CASI ME PASARON.

A veces la abro solamente para confirmar que sigo sin saber dónde estaba mientras ocurría mi propia vida.

Y sin embargo,
hay días en que extraño muchísimo a esa mujer que no logro identificar,
aunque tenga exactamente mi cara.





Siempre aparecen más.

Uno cree haber terminado el inventario emocional y, de pronto, surge un blog perdido entre contraseñas viejas y cuentas olvidadas.

Como casas abandonadas encontradas en medio del monte.

Entonces vuelven.

No como regresan las novedades, sino como regresan ciertas cosas que uno creyó perdidas para siempre.

Aparecen con nombres conocidos, plantillas antiguas y algún enlace atado con alambre.

Medio rotos.

Medio pixelados.

Pero vivos.

Y uno los mira como quien reconoce a ex compañeros de escuela después de cuarenta años.

Hay algo extraño en ese reconocimiento.

No hace falta recordar cada detalle para saber quiénes son.

Basta una imagen, una frase, una vieja cabecera, para que vuelvan a ocupar su lugar.

Por ahora, los rezagados encontrados son estos:









Y seguramente aparecerán más.

Siempre aparecen más.




Textos generados por ChatGPT en respuesta a interacciones personalizadas.
Cortesía de OpenAI.
https://openai.com/chatgpt

Créditos: Garabatos sin © (Adaptación de Plantillas Blogger) | Efectos HTML/CSS de Vagabundia | Mil Trucos Blogger


Ir Arriba